Entrevista a Jesús Zamora Bonilla. Ciencia, periodismo científico y sentido del universo

Paulo Hernández firma

Entrevistamos a Jesús Zamora Bonilla, doctor en Filosofía y Ciencias Económicas y catedrático de Filosofía de la ciencia en la UNED. Suszamora1 principales campos de interés son la filosofía de la ciencia, la economía del conocimiento científico, la filosofía y la metodología de las ciencias sociales y la relación entre la ciencia y la educación. Además, es un señor con un gran sentido del humor, que gusta del debate en su Twitter o en sus blogs personales, que mencionamos más abajo. Recientemente, ha publicado Regalo de Reyes, una interesante y satírica novela muy documentada sobre un misterioso códice antiguo que podría socavar las bases de todo lo que creemos sobre el cristianismo. Y el 10 de marzo de 2015 saldrá su versión en papel.

 

Los filósofos de la ciencia son esas curiosas criaturas que estudian a un bicho todavía más raro: la ciencia. No son los únicos: en esa magna empresa también participan físicos, biólogos, historiadores, sociólogos, psicólogos, economistas y otros científicos de todos los ámbitos. Pero, ¿qué es la ciencia? ¿Hay una respuesta más o menos consensuada a esta cuestión, o sólo interminables ríos de tinta? Es más, ¿podemos hablar de “la ciencia” o, más bien, de “las ciencias”?

La ciencia no es una “clase natural”, sino una institución humana cuyos límites son borrosos, cambiantes y contextuales. En la ciencia se han incluido muchas cosas distintas, y hay cosas muy parecidas a ellas a las que, sólo por convención, decidimos no llamar “ciencias”. Pienso que lo importante es el intento serio y honesto por encontrar la verdad, y que cómo lo llamemos es algo secundario.

¿Por qué el conocimiento científico es diferente de cualquier ocurrencia, de mi experiencia personal, del arte, literatura y los mitos? ¿Por qué debería fiarme de lo que me cuentan los científicos? A lo mejor me apetece creer que vivimos en un mundo con forma de disco, sustentado por una tortuga gigante que navega por el espacio. Al menos suena divertido. ¿Por qué no tengo razón?

Es que me parece que hay que argumentarlo al revés. Primero discutimos si un determinado método o procedimiento de investigación sobre un determinado conjunto de fenómenos es más eficiente a la hora de llevarnos a conclusiones verdaderas, o aproximadamente verdaderas, o muy probablemente verdaderas… Y si la respuesta es que sí, entonces decidimos que ese método forma parte de la ciencia. En particular, son científicos aquellos métodos que nos permiten llegar a conclusiones que pueden ser corroboradas intersubjetivamente a través de otros métodos, por personas que no tienen por qué compartir nuestras creencias sobre aquello que no podemos observar.

Si no me equivoco, Jesús, eres el director de un programa de posgrado en Periodismo y Comunicación científica en la UNED. Si tenemos en cuenta el alto nivel de complejidad y sofisticación que existe en la ciencia actual, que maneja conceptos que pueden parecer rarísimos e incomprensibles a los que no estamos “en el ajo”, es normal que aparezcan cursos que formen a individuos que sean capaces de conectar la academia con el mundo cotidiano. ¿Qué es el periodismo científico y por qué es tan importante?

La influencia del conocimiento científico es tan grande en nuestra sociedad, y la cantidad de recursos de todo tipo que se dedican a obtenerlo y a aplicarlo es tan inmensa, que todos los ciudadanos tienen derecho a saber y a comprender, en la mayor medida, qué se hace con esos recursos, cómo se utilizan, y qué se obtiene gracias a ellos. El periodismo y la divulgación científica son las principales herramientas mediante las que los ciudadanos pueden acceder a esa información. Así que son algo absolutamente necesario en las sociedades avanzadas. Lo importante es tener en cuenta lo que tienen los ciudadanos es el derecho a recibir dicha información, no, en general, la obligación de obtenerla y comprenderla. El buen comunicador científico debe ser consciente de esta diferencia.

Por cierto, ¿hay alguna diferencia entre periodismo científico y divulgación científica?

Sí, por supuesto. El periodismo científico se enfoca hacia la noticia, hacia lo que está pasando en la actualidad y puede ser relevante desde el punto de vista informativo. Es una profesión sometida a las presiones de lo noticiable, y que por lo normal se ejerce dentro de medios, agencias o gabinetes de comunicación. La divulgación científica, en cambio, es algo más elaborado y reflexivo, que no tiene por qué ceñirse a las últimas novedades, y que permite que el lector o espectador se tome su tiempo para reflexionar y asimilar lo que le estamos transmitiendo.

Me atrevo a decir que la divulgación científica española goza de buena salud. Ahí tenemos eventos como el Desgranando Ciencia, que en diciembre el año pasado cumplió su segunda edición y llevó la ciencia a Granada, o Naukas Bilbao, que reúne también a los mejores divulgadores de toda España. Las páginas web y los blogs de calidad dedicados a explicar la ciencia en términos simples crecen cada día. Parece una tarea necesaria y vital, ya que vivimos en un mundo repleto de ciencia y tecnología por todas partes. Cada mañana nos levantamos y ponemos nuestra taza de leche en el microondas, hacemos café en la cocina vitrocerámica, usamos la lavadora y miramos vídeos de gatitos en Internet. Sin embargo, en muchos casos nos movemos entre esta jungla tecnocientífica sin conocer la base científica de los aparatos que vertebran nuestra vida. ¿Hay mucha incultura científica en este sentido? ¿Podemos afirmar que ha disminuido gracias a la buena labor de la divulgación?

En efecto, la calidad y cantidad de divulgación científica que se hace en español han crecido exponencialmente, sobre todo gracias a las facilidades que nos da internet. Sobre todo me parece interesante el hecho de que es un ecosistema en el que pueden convivir “aficionados” y “profesionales” (aunque a veces es incluso difícil marcar la diferencia, porque para hacerlo profesionalmente bien hay que tener mucha afición, y los buenos aficionados a menudo tienen un bagaje muy profesional). La facilidad de acceso que da internet para el público también es formidable. Esto, además, no compite con otras formas más tradicionales de comunicación científica, sino que a menudo supone un incremento de la demanda de esas otras formas (libros, revistas, noticias, documentales, etc.). Por desgracia, sí que tenemos que reconocer que el nivel de “consumo” de comunicación científica en España es más bajo que en otros países avanzados, pero creo que no es un problema específico de los españoles hacia la ciencia, sino que está en línea con nuestro relativamente bajo nivel de lectura de libros, revistas y periódicos en general, y de uso de todo tipo de bienes culturales. La ciencia es una forma de cultura, y en España, por desgracia, todavía apreciamos demasiado poco la cultura.

Hace un tiempo, escribiste un artículo junto a Miguel Álvarez Peralta sobre la dificultad de mostrar ciertos hechos científicos (como los que describe la teoría darwinista) en la gran pantalla o en la televisión. Según el trabajo, la ficción televisiva muestra con poco o ningún rigor la genética, la magnitud del tiempo geológico e incluso la evolución biológica, que a veces aparece como un proceso “dirigido”. No obstante, Jesús, alguien podría objetar que para qué tanta preocupación con estas cosas, si son películas para pasar el rato y no documentales. ¿Qué le contestarías?

Nuestro artículo no pretendía ser una crítica a quienes realizan esas ficciones. Más bien tratábamos de explicar por qué es inevitable que ciertos hechos y principios científicos se vean “falseados” en ellas: es sencillamente porque las escalas a las que suceden no son homogéneas con la escala humana que necesariamente deben tener las tramas de esas historias. Por supuesto, en esas condiciones está perfectamente justificada la “deformación”. Naturalmente, lo deseable es que los espectadores o los lectores tengan otras fuentes de información que les permitan distinguir lo científicamente verosímil de lo inverosímil.

¿Consideras que la divulgación científica debe ir acompañada de la lucha contra las pseudociencias, las supercherías y el pensamiento irracional? Alguien podría comentar que eso podría acarrear que cierto público receptor de la divulgación cerrara filas y se alejara de lo que percibe como un ambiente militante y agresivo. ¿Qué opinas?

Creo que son dos empeños diferentes. La divulgación científica es lo primordial, y uno se puede dedicar a ella sin perder ni un segundo en denunciar explícitamente las pseudociencias y las “magufadas” (como se ha puesto de moda llamarlas). Pero esta denuncia también es importante hacerla, porque la gente tiene derecho a no ser engañada, y está bien que haya gente que haga un esfuerzo por someter a crítica ese tipo de creencias y de mensajes.

¿Cuáles consideras que son las principales características que debería tener un buen divulgador o periodista científico? ¿Qué debería evitar a toda costa?

Son dos actividades distintas, con requisitos diferentes. El divulgador debe tener un conocimiento muy profundo del tema, mientras que el periodista científico puede “delegar” en buena parte ese conocimiento en los especialistas de los que obtiene la información. Al fin y al cabo, el periodista científico escribirá sobre muchas cosas diferentes, y es imposible que sea experto en todas ellas. El divulgador, en cambio, suele estar más especializado en una disciplina concreta. Lo que sí tienen que poseer ambos es la capacidad de ponerse en el lugar del lector o el espectador no especialista, entender por qué puede estar interesado en el tema (o por qué, tal vez, debería estarlo), entender cuáles son las dificultades de comprensión que el público puede tener, saber cómo hacer atractiva la noticia o el reportaje, etc., y naturalmente, escribir o hablar de tal modo que dé gusto leerlo o escucharlo. Fácil, ¿no?

En tu obra La lonja del saber intentas comprender cómo funciona la ciencia desde un punto de vista económico. ¿En qué consiste todo esto?

Esa es posiblemente la parte más esotérica de mis investigaciones académicas. Lo que intento, en esa y otras publicaciones sobre el tema, es ofrecer una explicación de las decisiones de los científicos sobre qué investigar, qué métodos usar, cuándo aceptar una teoría y cuándo rechazarla, cómo interpretar un experimento, etc., que tenga el cuenta el hecho de que las decisiones de unos investigadores sobre estas cuestiones pueden afectar a cómo de razonables serán las decisiones de sus colegas. Es decir, tener en cuenta el hecho de que las interacciones entre los científicos pueden ser modelizadas en términos de la teoría económica de juegos. Mi investigación consiste, por lo tanto, en añadir el punto de vista de la teoría de juegos a los trabajos más clásicos sobre sociología del conocimiento científico. Lo más importante, en mi opinión, es que este punto de vista te permite replantear algunas preguntas sobre la racionalidad y la objetividad de la ciencia de un modo más razonable que lo que hacen algunos enfoques sociológicos, que tienden a ser bastante relativistas.

Ahora, un par de preguntillas “filosóficas”. Y, cómo no, empezamos con la más gorda de todas. Es una cuestión que obsesiona a Jim Holt, que cuenta en su ¿Por qué existe el mundo? cómo le ha preguntado eso a todo bicho viviente, incluyendo a peces gordos como Roger Penrose, Steven Weinberg, David Deutsch o Derek Parfit. Por supuesto, la pregunta es “¿por qué hay algo y no más bien nada?” ¿Es una pregunta científica, filosófica, teológica, o no tiene ningún sentido? A veces me tienta pensar que la respuesta, como sugiere la Guía del Autoestopista Galáctico, es un absurdo “42”.

Yo creo que es una pseudopregunta. Da por asumido que el concepto de “porqué” tiene un significado claro y definido, y no lo tiene en absoluto cuando nos referimos a la existencia del universo (entendido como totalidad). En la mayoría de los casos, cuando la ciencia busca el porqué de algo, lo que está buscando en realidad es una descripción del proceso que ha conducido a que suceda un determinado fenómeno, o bien una descripción de las leyes de las que puede deducirse dicho fenómeno. Pero es obvio que, si yo pregunto “¿cuál es el proceso que ha conducido a que exista todo lo que existe?”, estoy preguntando algo que carece de sentido, pues “conducir” significa que aquel “proceso” por el que pregunto es algo diferente a ese “todo lo que existe” que debería ser el “resultado” del “proceso”… pero entonces ese “todo lo que existe” no era realmente “todo”. Algo parecido sucede si reformulo la pregunta de esta otra manera: “¿a partir de qué ley podemos deducir que el universo obedece las leyes que obedece?”. Lo máximo que puedo hacer es descubrir qué leyes obedece el universo; si ya tengo todas las leyes, no las puedo deducir de “otra”, porque esa “otra” ya tendrá que estar contenida en aquellas “todas las leyes”. Dicho de otro modo, cuando la ciencia explica algo, lo que está haciendo realmente es describir el universo de una manera muy abstracta y general, pero lo está describiendo, no “explicando” (nosotros usamos aquellas descripciones generales para deducir fenómenos concretos, y a esa deducción la llamamos “explicación”; pero la ciencia son descripciones de arriba abajo).

Otra posibilidad (la que en el fondo interpreta mucha gente que se hace aquella pregunta) es que al “explicar por qué existe el universo” lo que estamos preguntando es “con qué intención”, “con qué finalidad”, “con qué sentido” existe. Pero no hay absolutamente ninguna razón para sospechar que la existencia del universo es el fruto de una “intención”. Desde el punto de vista empírico, “tener intenciones” es algo que requiere la posesión de un sistema nervioso muy evolucionado; es decir, lo que observamos en la naturaleza es que primero tienen que ocurrir muchos procesos físico-químicos para que al cabo de miles de millones de años puedan aparecer en el universo algo así como “intenciones” (y “digestiones”, y “respiraciones”, y “fotosíntesis”, etc.). Asumir que el proceso que ha dado lugar a la existencia del universo (además de todas las dificultades que he dicho antes) es un proceso remotamente parecido a una “intención” es algo que tiene exactamente la misma credibilidad que asumir que es un proceso parecido a una “digestión”, o sea, ninguna credibilidad. Es el universo el que crea las intenciones, no las intenciones las que crean el universo.

Tu antiguo blog  A bordo del Otto Neurath fue toda una plataforma de debates interesantes sobre la ciencia, la filosofía y todo lo demás. En él te defines como un “positivista impenitente”, pues consideras que el saber científico y los hechos positivos (por ejemplo, que la Tierra orbita alrededor del Sol, o que las especies evolucionan) son más verdaderos y fuertes que cualquier otra clase de pretendido saber. Muchas veces te muestras opuesto a lo que llamas “metafísica”. ¿Qué papel consideras que debería tener el positivismo en la actualidad y qué es eso de la metafísica? ¿Y por qué crees que la metafísica puede ser dañina?

Critico la metafísica como la pretensión de poder averiguar algo importante y fundamental sobre el mundo por métodos distintos a la investigación empírica, ya sea mediante la “pura reflexión racional”, o mediante la “fe”, o mediante alguna forma de misticismo, o lo que sea. Pero el término “metafísica” también puede utilizarse en otro sentido, como la investigación más general posible acerca de algún asunto, a partir de los conocimientos intersubjetivos que nos permiten alcanzar otras formas de investigación. En ese sentido podemos hablar de “metafísica” como ontología (“general” o “regional”, por usar una vieja distinción), o como filosofía de la naturaleza, o como antropología filosófica, o cómo teoría de la racionalidad, etc., etc., es decir, sería más bien lo que llamamos “filosofía” a secas, que tampoco tiene por qué ser realizada en exclusividad por los filósofos, sino también por especialistas de diversos campos que intentan reflexionar críticamente de la manera más profunda, abstracta y general posible sobre un terreno determinado.

En ocasiones, ¿no puede servir la metafísica como inspiración para los científicos? ¿No entraña la ciencia una serie de postulados metafísicos internos (alguien podría decir, por ejemplo, la creencia de que el mundo es cognoscible)?

En efecto. Como fuente de ideas, como ejercicio de crítica y de reflexión, el punto de vista filosófico, o “metafísico” (o “metalógico”), puede ser muy útil… aunque también puede ser la excusa para defender un dogma a pesar de las evidencias. No hay que olvidar que todas las teorías científicas son, en el fondo, meras hipótesis, algunas más útiles y mejor corroboradas que otras, pero teorías que tendríamos que estar siempre abiertos a la posibilidad de que tengan que ser abandonadas si los hechos las desmienten. Incluso la hipótesis de que todo lo que ocurre en el universo es comprensible por nosotros podría ser desechada si encontramos argumentos lo bastante fuertes en su contra.

En tu nuevo blog, Escritos sobre gustos, defines a la religión como “la creencia de que la existencia del mundo y de la humanidad responden a un orden moral”. ¿Es compatible la religión con la ciencia? ¿Son incompatibles? ¿Por qué?

En la medida en que las religiones hagan afirmaciones acerca los hechos únicamente sobre la base de la fe, afirmaciones susceptibles de ser negadas por quien no comparte esa fe, cada religión puede ser criticada como cualquier otra fuente de afirmaciones fácticas que carecen de base racional. Por supuesto, es posible entender la religión no como una fuente de creencias sobre hechos que podrían ser verdaderos o falsos (creer que existe un creador personal del universo, que al morir vamos al cielo o al infierno, que ciertos libros fueron inspirados o dictados por seres sobrenaturales, que rezar puede contribuir a que se cumpla algo que deseamos, etc., etc.), sino exclusivamente como una especie de “forma de vida”, o de “costumbre”, o de “manera de estar en el mundo”, en esa medida, las religiones son un aspecto de la vida humana tan legítimo como sentir una nacionalidad, una afición, o los colores de un equipo de fútbol, digamos. Eso sí, siempre que el ejercicio de ese “modo de sentirse” no atente contra la libertad de todo el mundo a sentirse como a ellos les de la gana, es decir, con los mismos o análogos límites que la libertad de sentirse miembro de una nación, de un movimiento social, o de un equipo.

En “Un mundo sin proyecto” llegas a la conclusión de que ni el universo ni evolución biológica tienen “fines”. No hay finalidad última ni en la historia natural ni en la humana, pero no dejamos de ver causas finales en todo por culpa de la tendencia a la teleología de nuestro cerebro, que adora las historias y encadenar patrones. Desde la ciencia contemporánea, ¿cuál es nuestro lugar en el universo?

Como he dicho antes, lo más importante es tener en cuenta que las “intenciones” son un tipo de fenómenos biológicos que se dan en circunstancias muy determinadas, cuando han evolucionado “bichos” capaces de tener deseos. Así que lo primero que tenemos que hacer para responder a esa pregunta es olvidarnos de conceptualizarla en términos de “intenciones”, “designios”, “sentidos”, “significados”, etc., etc. El ser humano es un personaje muy, muy secundario en la historia del universo, y nuestro “lugar” en ella será única y exclusivamente el que nos diga nuestro conocimiento empírico sobre esa historia. Ahora bien, el cuerpo de mosqueteros reales no es precisamente el principal protagonista de la historia humana (un buen libro de historia universal, o una buena historia de Francia, no tendría ni siquiera por qué citarlos), pero esto no le quita ni un ápice de emoción a la experiencia de leer la novela de Alejandro Dumas. Así que, aunque la historia humana sea un episodio muy marginal en la evolución del universo, no hay nada que nos impida considerarla importantísima para nosotros, ni impide que constituya el marco en el que cada uno tenemos libertad para definir nuestras metas y nuestros valores.

Y ya la última, y ésta en nombre del gremio de los filósofos al que pertenezco (o eso creo). Ahora está de moda matar a la filosofía, sobre todo de la mano de físico tan influyentes como Stephen Hawking o el divulgador y astrofísico Neil deGrasse Tyson, de la nueva Cosmos. ¿Tiene algún sentido esta condena a muerte? Algunos perciben a buena parte de la filosofía como una charla vacua y despegada del mundo real, sobre temas viejunos y comentarios acerca de comentarios de autores que no interesan a nadie. ¿Es una visión real? Y si lo es, ¿se puede arreglar o tenemos que extinguirnos y/o reciclarnos?

Como he dicho más arriba, hay muchas cosas muy interesantes que hacer en relación con la ciencia, y con casi todo lo demás, que pueden englobarse sin ningún problema dentro de lo que llamamos “filosofía”. Es más, la crítica de los aspectos negativos de algunas filosofías es ya filosofía, y esa filosofía tenemos la obligación intelectual de hacerla lo mejor posible.

Gracias por esta entrevista, Jesús, de parte de todo el equipo de Hablando de Ciencia. 

Paulo Hernández

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