Monos sudorosos (4/5): Carnívoros lampiños

Varios fueron los cambios que condujeron, primero a los australopitecinos y luego a los humanos, y el bipedismo fue uno de ellos; también la pérdida de pelo y el desarrollo del cerebro. Sin ir más lejos, este último llevó a un conflicto con el tamaño del canal pélvico, pues un cráneo grande en las crías dificulta su salida del útero. El resultado fue que las crías nacen con el cerebro aún no del todo formado, lo que obliga a un desarrollo más prolongado; ésto a su vez obliga a una estructura social compleja y permanente, pues hay que proteger a las crías por un período más prolongado; los chimpancés alcanzan la madurez a los 8 o 10 años, los gorilas a los 13 años, mientras que un humano necesita alrededor de los 18 años. No es solo por el tamaño del cerebro, también se relaciona con un mayor número de procesos intelectuales que almacenar, es decir con una estructura cerebral más compleja.

Vamos a fijarnos en el punto que dio origen a esta serie de artículos: la pérdida del pelo corporal. Así a bote pronto, no parece estar relacionada con la postura bípeda ni con el tamaño del cerebro (bueno, la conservación del cabello, incluso su mayor desarrollo, sí que puede estar relacionada: a mayor tamaño del cerebro, mayor importancia de protegerlo del sol). La pérdida del vello corporal sí se relaciona con la vida en la sabana, como veremos a continuación.

A diferencia de los árboles de la selva, que dan abundante sombra, en la sabana no hay protección frente a la radiación solar. Al comparar el género Pan con el Homo, apreciamos enseguida la distinta distribución del pelo, y de las glándulas sudoríparas ecrinas. Ya vimos anteriormente que las glándulas sudoríparas apocrinas, asociadas con pelos, son menos eficaces que las ecrinas (libres del pelo) a la hora de refrescar la piel; no solo eso, también la simple presencia de una capa pilosa reduce el efecto termorregulador, a costa de una abundante pérdida de agua. Dicho de otra forma, podemos establecer una relación evidente entre la presencia o falta de pelo y la capacidad de sudar en abundancia para mitigar el calor.

Si el género Homo está asociado a la sabana, no nos extraña esta conclusión. Pero ¿qué hay de los australopitecinos? ¿Tenían o no pelo corporal los miembros del género Australopithecus? Me pregunto si se parecían tanto a chimpancés bípedos que tenían todo el cuerpo cubierto de pelo, o si por el contrario ya presentaban zonas lampiñas, un poco como los humanos actuales, pero quizás más peludos.

Dicho de otra forma, la pregunta es ¿en qué punto de la evolución apareció el mono desnudo?

Una de las hipótesis relacionada con el bipedismo ya menciona la termorregulación: según ésta, la postura bípeda ofrece menor superficie a la insolación. Es evidente, por tanto, que en este caso sería útil una menor cantidad de pelo para facilitar la sudoración. El problema es que ni el pelo ni las glándulas sudoríparas fosilizan con facilidad. Se conoce algún caso de un fósil de primate que conserva algo de piel, pero está tan lejos de los homininos que no nos sirve gran cosa. Luego hemos de conformarnos con los huesos y los dientes, que es lo que tenemos. A través de los huesos podemos sacar conclusiones sobre la postura bípeda y la capacidad de correr, algo que ya hemos analizado en artículos anteriores. Los dientes, por otro lado, nos aportan información vital acerca de la alimentación, e incluso de algunos hábitos como el morder ramas o cuerdas para determinadas actividades. ¿Y qué comían nuestros antepasados? ¿Tendría algo que ver con estar mucho rato al sol?

Llega el momento de tener en cuenta la dieta.

La dieta frugívora, propia de la selva, se reconoce por una dentición con esmaltes finos. En cambio, el consumo de forraje cargado de arena y fibra lleva a una dentición gruesa, con molares muy desarrollados, la misma que se observa en el género Paranthropus, una rama lateral que evolucionó de Australopithecus especializándose en alimentación vegetal.

¿Y qué pasa con la carne? Los homininos no tienen una dentición específicamente carnívora, pero sí pueden consumirla gracias al uso de herramientas. Si bien ésto no se refleja en los dientes, sí que se puede apreciar en los huesos de los animales consumidos, que muestran por tanto señales de cortes con instrumentos filosos, muy diferentes a las que dejan los dientes afilados de los carnívoros. O sea, podemos observar los huesos fósiles asociados a los homininos para ver si muestran marcas del uso de herramientas. Y esto se puede aplicar tanto a la carroña como a la caza activa.

El consumo de carne implica un gran aporte de proteínas de primera calidad, y eso favoreció el mayor desarrollo corporal y cerebral. Donde mejor se nota ese cambio es en el género Homo, pues si bien H. habilis apenas se diferencia de un australopitecino (y por lo tanto, de un chimpancé bípedo), ya H. erectus presenta mayor tamaño y volumen craneal, hasta llegar a H. neanderthalis y H. sapiens. Pero según ese mismo razonamiento, los australopitecinos comerían poca carne, dado que tenían un cuerpo análogo a los chimpancés. Esto apunta más al consumo de carroña que a la caza.

Como curiosidad, ésto nos permite descartar el mito del «mono asesino» tan popular a mediados del siglo pasado y cuyo arquetipo es la famosa escena de «2001, una odisea del espacio» en la que un homínido aprende a usar herramientas y comienza a alimentarse de carne. En realidad, parece que el uso de herramientas como armas tuvo que ir apareciendo poco a poco, conforme se pasaba del carroñeo a la caza activa.

Hemos de concluir, por tanto, que primero fue el consumo de carroña y luego la cacería activa. ¿Y qué relación tiene el consumo de carroña con la presencia de pelo?
Pues que el carroñeo, lo mismo que la caza activa, también obliga a tener que soportar el sol durante largos periodos: los animales no siempre mueren a la sombra y es frecuente tener que consumirlos (o al menos trocearlos) allí donde esté el cadáver. Aparte de que también el carroñeo eficaz requiere un «bipedismo veloz», no solo para llegar antes a las carroñas que otros competidores (hienas, por ejemplo), también para poder huir de los depredadores (leones, leopardos, etc.).

Con todos estos datos, podemos concluir que los australopitecinos tal vez tuvieran una cubierta de pelo normal, al poder mantener una dieta mixta entre carroñas y frutas y no tener que mantenerse largo tiempo al sol; pero ya en los humanos (género Homo) se evolucionó con rapidez hacia el mayor consumo de carne (carroñas, luego caza), la carrera y con ello la pérdida del pelo y la sudoración abundante.

En el próximo artículo veremos que bien podríamos estar equivocados.

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