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Parásitos chupa-sangre: las sanguijuelas

Al oír la palabra sanguijuela, lo primero que nos viene a la mente es un pequeño animal que vive en las aguas dulces y se pega en nuestro cuerpo para alimentarse de sangre. Pero no todas las sanguijuelas son hematófagas ni viven en aguas dulces.

Los hirudíneos o sanguijuelas son una Clase, dentro de los anélidos, de pequeños gusanos, casi todos de agua dulce, pero también marinos y terrestres. Esos animales son principalmente depredadores, alimentándose de pequeños insectos, gusanos, crustáceos, renacuajos, etc. Pueden ingerir lombrices enteras tan grandes como ellos. Pero existe un pequeño número de especies de sanguijuelas hematófagas que se alimentan de la sangre de anfibios, aves, reptiles, peces y mamíferos. Se les denomina como organismos ectoparásitos, ya que pueden llevar una vida independiente sin estar continuamente unidos a su “presa”. También pueden ser depredadas por otros animales como peces, cangrejos y otros hirudíneos.

En Europa, encontramos la denominada como sanguijuela medicinal (Hirudos medicinalis) utilizada desde muy antiguo para las denominadas como sangrías clínicas. Estas arriesgadas prácticas médicas se basaban en la idea errónea de que muchas de las dolencias que ocurrían nos ocurrían se debían a que la sangre se estancaba en determinadas partes de nuestro cuerpo. Mediante incisiones, o con el uso de sanguijuelas, se provocaban hemorragias que pretendían eliminar esa sangre “mala” del cuerpo.

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Un virus que te controla el cerebro: la rabia

Seguramente, lo primero que nos venga a la mente al hablar de la enfermedad de la rabia será un perro que, de forma totalmente descontrolada, intenta morder furioso a todo aquel que se le acerca, echando abundante saliva espumosa por la boca. No andamos muy mal encaminados…

La rabia es una enfermedad infecciosa y muy aguda de animales mamíferos, causada por un virus de la familia Rhabdoviridae. Este virus ataca al sistema nervioso, provocando el desarrollo de una encefalitis, que con casi total seguridad derivará en la muerte del individuo contagiado.

En la transmisión de la enfermedad encontramos como vectores todos los mamíferos aéreos (murciélagos) y terrestres. Para que ocurra, debe producirse el contacto de las mucosas del vector (generalmente la saliva) con una herida del individuo sano (generalmente producida por el propio vector al morderle). Una vez dentro del cuerpo, el virus se va a dirigir hacia el sistema nervioso central, viajando por los axones de las neuronas (prolongaciones alargadas) de forma muy lenta y constante, hasta alcanzar el encéfalo, por ello, el sistema inmune es incapaz de reconocerlo.

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La mujer que descubrió los “genes saltarines”

En la actualidad, la genética es una de las ciencias con mayores avances. Resultados que creíamos únicamente posibles en películas de ciencia ficción, ya han sido posibles o están cada día más cerca. Todo esto ha sido posible gracias al trabajo realizado por numerosos investigadores durante las últimas décadas, allanando el camino para los actuales grupos que intentan cada día mejorar nuestras vidas “jugando con genes”. Pues es en este campo donde destacó en el siglo pasado una científica llamada Bárbara McClintock, la descubridora de los “genes saltarines”.

Bárbara McClintock (1902-1992) fue una investigadora, muy avanzada para su tiempo, en la genética del maíz, describiendo una gran cantidad de procesos y mecanismos diferentes que ocurren dentro de las células, aunque no fueron muy bien recibidos por sus contemporáneos, en un primer momento. Todos sus hallazgos le sirvieron para recibir en el año 1983, a título individual, el Premio Nobel de Medicina o Fisiología.

Su formación académica fue compleja desde el primer momento, ya que tuvo que luchar contra la idea de su madre de que una mujer con estudios superiores dificulta su casamiento, y fue finalmente gracias a su padre que entró en la Universidad de Cornell (1919), estudiando botánica. Aunque a los pocos años comenzó su interés por el campo de la genética y toda su investigación hasta la obtención del doctorado fue en ese campo, ninguna mujer podía obtener títulos de genética y, por ello, fue Doctora en Botánica, aunque otras mujeres contemporáneas e ella lo obtuvieron en Mejora Vegetal.

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Animales que se automedican

Mono capuchino (Cebus capucinus), una de las especies de las que tenemos constancia de que se automedican. Fotografía de Steven G. Johnson (Fuente: Wikimedia Commons).

El uso de fármacos para curar enfermedades es una capacidad compleja y muy beneficiosa que muchos atribuirían exclusivamente al ser humano, ya que requiere la capacidad consciente de detectar un problema de salud, saber identificar un posible tratamiento para ese problema, y administrarlo en la dosis apropiada (ya que si es demasiado pequeña no surtirá efecto, y si es demasiado alta podría incluso resultar letal).

Por extraño que nos resulte, esta capacidad de automedicarse la presentan bastantes animales, que emplean remedios naturales (como plantas u otros animales tóxicos) para tratar o prevenir sus enfermedades.

Si hacemos un poco de memoria, seguramente todos hemos observado comportamientos en animales que nos han resultado llamativos, como ese de los perros cuando comen hierbas, algo que en principio no esperaríamos que formase parte de su dieta, pero sin embargo se sabe que les limpia los intestinos (lo cual no es un caso de automedicación, pero ilustra la idea).

El concepto de automedicación en animales se denomina zoofarmacognosia (del griego "animal", "droga" y "conocimiento", es decir, el conocimiento animal de las drogas terapéuticas o fármacos). Determinar si un caso en el que un animal consume un recurso que le aporta beneficios se trata o no de zoofarmacognosia puede ser complicado, ya que a menudo puede resultar borrosa la línea que separa la automedicación de un consumo habitual en la dieta con propiedades casualmente beneficiosas. Para determinar si un caso es o no zoofarmacognosia, por convenio se establecen los siguientes criterios que deben cumplirse:

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El ácido salicílico: del sauce a las aspirinas

Todos hemos tomado alguna vez, o al menos nos suenan muy familiares, las aspirinas, unos medicamentos generales utilizados contra el dolor (analgésicos), la fiebre (antipiréticos) y la inflamación (antiinflamatorios). En realidad, este es su nombre comercial, denominándose de forma correcta ácido acetilsalicílico (AAS), obtenido a partir del denominado como ácido salicílico (AS).

El AS es una hormona vegetal implicada en gran cantidad de procesos y funciones dentro de la planta, como la germinación de las semillas, el cierre estomático, la senescencia de las hojas, el crecimiento y respiración celular, la tolerancia a estreses abióticos (salinidad, sequía, temperaturas), pero sobre todo en la resistencia de las plantas frente a las enfermedades provocadas por diferentes patógenos. Este último e importante papel de la hormona AS en las plantas fue descrito en el año 1979 por Ray F. White, quien observó como aplicando una solución de aspirina en hojas de tabaco reducía significativamente el daño producido por el virus del mosaico del tabaco (VMT) sobre ellas, además de que se provocaba un aumento en la concentración de proteínas defensivas de la planta en dichas hojas.

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