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Algunas consideraciones éticas sobre la investigación con animales (II)

En el artículo anterior hablamos de la ética de la investigación con animales, sobre las diferentes posturas generales existentes y su conexión con algunos tipos de activismo, y en particular con los que se erigen en defensores de los derechos de los animales. Mencionamos algunos análisis que manifiestan cierto tipo de sesgo en la desproporcionada preocupación de estos colectivos por el empleo de animales en la investigación y enseñanza frente a otros usos mucho más extendidos y comunes ante los que no parecen manifestar tanta sensibilidad, y presentamos algunas opiniones que muestran lo complicado que resulta hablar incluso de animales con derechos.

En esta segunda parte abordaremos la actitud de la propia comunidad científica sobre la investigación con animales y veremos que este tipo de prácticas están reguladas por normas e instituciones y que los científicos son los primeros interesados en el bienestar de sus animales de laboratorio. También mencionaremos algunos logros importantes de la investigación con animales y su repercusión para la salud pública y comentaremos brevemente cuáles son las principales alternativas existentes al empleo de animales, así como sus principales limitaciones. Pero también me gustaría aclarar que ni este artículo ni el anterior pretenden hacer apología de la experimentación con animales en la investigación científica, sino más bien mostrar en qué se equivocan quienes denuncian estas prácticas apelando a argumentos sesgados, manipulados y sensacionalistas, acercando al lector al punto de vista de la ciencia.

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Algunas consideraciones éticas sobre la investigación con animales (I)

Imagen facilitada por Wikipedia. Autor: Rama.

La cantidad de conocimientos obtenidos gracias al empleo de modelos animales en la investigación de problemas humanos es ingente. La deuda de la Biología, la Medicina, la Psicología y la Neurociencia para con los animales es impagable. No obstante, la investigación con animales siempre ha ido acompañada de gran insatisfacción y descontento de algunos colectivos manifiestamente contrarios al sufrimiento animal; en algunos casos, incluso aunque ello reporte beneficios para la salud humana, porque lo que aquí ponen en entredicho es la propia ética de este tipo de estudios. Es un tema complejo y delicado en el que confluyen distintos intereses y motivaciones, y sobre el cual coexisten diferentes posturas al respecto. En un artículo precedente, vimos qué son los modelos animales, así como sus razones, interés, utilidad y/o beneficio como medio de investigación de la conducta humana. En esta ocasión, a lo largo de dos artículos daremos unas pinceladas sobre el espinoso asunto bioético de la investigación con animales no humanos.

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¿Qué son las emociones?

Estás en el cine viendo una buena película de terror. Eres de los que se meten rápidamente en la historia viviéndola casi como propia. Ingieres las palomitas a marchas forzadas sin quitar el ojo de la pantalla. Sabes que algo terrible está a punto de suceder. ¡Qué nervios! De repente un fuerte sonido junto a la inesperada aparición del horror te hacen dar un brinco en el asiento. Cambiemos de tercio. Alguien te muestra una sustancia viscosa, o quizá un pequeño animal como una serpiente o una araña, y la mueca de tu cara es un poema, tuerces el gesto, quizá apartas la mirada, tal vez sientes un pequeño escalofrío. Ahora alguien te cuenta un cotilleo y es un bombazo, o quizá una tremenda grosería de quien menos te la esperabas, no das crédito, te has quedado con la boca abierta y los ojos como platos, no puedes pensar en otra cosa. ¿Ahora qué tal un regalo? Te lo has merecido después de tantas emociones seguidas. Es algo que hace que te sientas bien, sonríes, te animas y ves las cosas de otro color, sin tantas tensiones, así que debe de ser un buen regalo. Son las emociones, pero, ¿qué son?

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¿Te atreves a entrar en el valle inquietante?

He de hacer una confesión: este fin de semana lloré. Con una película. De animación. Y lo que podría parecer extraño al tratarse de una respuesta emocional empática hacia un ente inhumano e irreal tiene, como tantas otras cosas, una explicación racional.
 
Metropia

Con esta no lloré, pero es un buen ejemplo de humanización deshumanizada

Con el auge de la robótica en los 70 se acuñó el término Valle Inquietante que viene a reflejar la dinámica de la empatía respecto a seres de apariencia humanoide, ya sean dibujos animados o robots y que contempla una curva en la que cuanto más parecido a un humano mayor el grado de empatía experimentado hacia él hasta que se alcanza un punto en el que genera una fuerte repulsión. Esta respuesta podría parecer paradójica aunque se ha tratado de explicar como subproducto de la incapacidad técnica de dotar a estas figuras de ese algo que las hace parecer vivas a nuestros humanos ojos y por contra nos recuerdan a cadáveres, personas enfermas o desfiguradas.

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Muertos Vivientes

Hoy vamos a hablar de muertos vivientes. Pero de los de verdad. ¿Creías que no existían? Pues estabas muy equivocado. Sí que existe un caso clínico, una patología, que convierte a una persona en un muerto viviente real. El paciente puede oler como su carne se pudre y sentir como sus órganos dejan de funcionar poco a poco hasta convertirse en un auténtico zombie al que se le ha negado el derecho a morir. Hablamos, por supuesto, del Síndrome de Cotard.

Jules Cotard fue un neurólogo francés que vivió a mediados del siglo XIX. Entre otras cosas trabajó en el Hospice de la Sapêtrière con Charcot, donde comenzó a interesarse por los accidentes cerebro vasculares y sus consecuencias. Más tarde, entraría como cirujano de infantería en la guerra franco-prusiana y finalmente, durante sus últimos 15 años de vida en Vanves hizo interesantes contribuciones a la medicina en los campos de la diabetes y sobre todo, en el de las patologías delusivas, es decir, aquellas afecciones delirantes relacionadas con la percepción del mundo.

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