
En estos tiempos aciagos de recortes y déficits presupuestarios, es cada vez más difícil justificar las investigaciones que se llevan a cabo en el ámbito científico. En un mundo ideal, no habría porqué justificar ninguna investigación que supusiese un avance en el conocimiento; pero lamentablemente siempre ha habido una necesidad de buscar el aspecto práctico de las investigaciones para compensar el “gasto” que supone para una sociedad. Por esta razón debemos entrecomillar lo de “gasto” y reemplazar este término por el de “inversión”, pues el conocimiento siempre y en cualquier circunstancia va a suponer un beneficio en sí mismo. Algo que se escapa generalmente a los que enarbolan la bandera de la aplicabilidad por encima de todo, es que en la inmensa mayoría de casos en que se ha hecho un descubrimiento o un avance de gran magnitud, no se ha debido a una búsqueda concreta y enfocada de dicho avance en particular. De hecho, lo más común es que las aplicaciones y ventajas de cierto conocimiento surjan a posteriori, y es muy frecuente que dichos usos ni siquiera se imaginasen en un principio. Para ilustrar esto, hoy voy a hablaros de algunos avances tecnológicos importantísimos, surgidos a raíz del estudio de unas formas de vida humildes y a veces injustamente marginadas: nuestras amigas las bacterias.
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Las bacterias son tan diminutas que sólo las vemos cuando han crecido por millones sobre una superficie, dando lugar a estos mogolloncitos que llamamos “colonias”. En esta foto, se puede observar colonias de aspecto diferente que corresponden al crecimiento de 3 especies distintas: Pseudomonas aeruginosa, Enterococcus faecalis y Staphylococcus aureus (fuente)











