
Desde la proliferación de Internet y su uso mayoritario, el acceso a la información de todo tipo ha sufrido un salto significativo y sin precedente en la historia humana. Como todo, esto tiene su parte buena y su parte mala. La parte buena es obvia: cualquier persona puede obtener información sobre el
tema que desee o necesite, de forma que el conocimiento, ahora más que nunca, no pertenece a nadie y a todos a la vez. Lejos queda ya la época en que el conocimiento estaba sólo accesible a monjes en manuscritos guardados celosamente en monasterios.
Sin embargo, esta proliferación de saber y de información ha conllevado un efecto contrario al que uno esperaría. Se está imponiendo una corriente de pensamiento “alternativo” que reniega de conocimientos establecidos mediante la experimentación, así como la aparición de un recelo infundado a la ciencia como tal, igualando ésta a una nueva religión, ignorando por tanto, la fundamental diferencia entre ambas. Mucho se está escribiendo en blogs de divulgación sobre el tema y muchas sugerencias se hacen para cambiar esta deriva tan peligrosa. Si en la Edad Media, el rechazo al conocimiento propició la injusticia, el atraso y el oscurantismo durante siglos, es de suponer que la misma actitud hoy en día no deparará mejores resultados.













