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Reseñas HdC: “El escritor que no sabía leer y otras historias de la Neurociencia”

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El escritor que no sabía leer y otras historias de la Neurociencia

Autor: José Ramón Alonso Peña

Nº de páginas: 304 págs.

Editoral: Almuzara

Lengua: CASTELLANO

ISBN: 978-84-941552-0-8 

 

 

 

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Reseñas HdC: Las paradojas del cerebro

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 Las paradojas del cerebro

B. F. Serguiéev

Lengua: Español (traducción)

Nº de páginas: 213

Encuadernación: tapa blanda

Precio: 13,90€

Editorial: URSS (Scientific books)

ISBN: 9785396000568

 

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¿Qué son las emociones?

 

 

Estás en el cine viendo una buena película de terror. Eres de los que se meten rápidamente en la historia viviéndola casi como propia. Ingieres las palomitas a marchas forzadas sin quitar el ojo de la pantalla. Sabes que algo terrible está a punto de suceder. ¡Qué nervios! De repente un fuerte sonido junto a la inesperada aparición del horror te hacen dar un brinco en el asiento. Cambiemos de tercio. Alguien te muestra una sustancia viscosa, o quizá un pequeño animal como una serpiente o una araña, y la mueca de tu cara es un poema, tuerces el gesto, quizá apartas la mirada, tal vez sientes un pequeño escalofrío. Ahora alguien te cuenta un cotilleo y es un bombazo, o quizá una tremenda grosería de quien menos te la esperabas, no das crédito, te has quedado con la boca abierta y los ojos como platos, no puedes pensar en otra cosa. ¿Ahora qué tal un regalo? Te lo has merecido después de tantas emociones seguidas. Es algo que hace que te sientas bien, sonríes, te animas y ves las cosas de otro color, sin tantas tensiones, así que debe de ser un buen regalo. Son las emociones, pero, ¿qué son?

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Sana, sana, culito de rana

A más de uno le sonará la expresión “sana, sana, culito de rana, si no sana hoy sanará mañana” (o variantes de la misma) que suele emplear un adulto para calmar el dolor que sufre un niño cuando se ha dado un golpe. La frase suele pronunciarse mientras se acaricia, frota o besa la zona dolorida. Muchas madres han tratado de calmar así el dolor de sus hijos durante mucho tiempo pero, ¿realmente funciona? ¿hay alguna explicación científica? Para responder a estas preguntas debemos saber algo más acerca de los mecanismos del dolor.

Lo primero que nos viene a la cabeza cuando hablamos de dolor es asociarlo con “sufrimiento físico”.  El dolor es muy útil porque nos permite alejarnos de las cosas que amenazan nuestra supervivencia, actuando como una especie de alarma anti-incendios. Pero no ha sido hasta hace relativamente poco que se ha comenzado a entender realmente como sentimos el dolor. Ya entre los antiguos griegos había discrepancias acerca del dolor, y mientras Aristóteles pensaba que era causado por espíritus malignos que entraban en el cuerpo a través de las heridas, Hipócrates sostenía que era debido a un desequilibrio en los fluidos vitales del ser humano. En algunos grupos religiosos, se consideraba el dolor como un castigo de Dios, o como una prueba para confirmar la fe y por lo tanto, la forma de eliminar el dolor era mediante la oración. Como vemos, la idea general era que el dolor era algo que venía “de fuera”.

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¿Te atreves a entrar en el valle inquietante?

He de hacer una confesión: este fin de semana lloré. Con una película. De animación. Y lo que podría parecer extraño al tratarse de una respuesta emocional empática hacia un ente inhumano e irreal tiene, como tantas otras cosas, una explicación racional.
 
Metropia

Con esta no lloré, pero es un buen ejemplo de humanización deshumanizada

Con el auge de la robótica en los 70 se acuñó el término Valle Inquietante que viene a reflejar la dinámica de la empatía respecto a seres de apariencia humanoide, ya sean dibujos animados o robots y que contempla una curva en la que cuanto más parecido a un humano mayor el grado de empatía experimentado hacia él hasta que se alcanza un punto en el que genera una fuerte repulsión. Esta respuesta podría parecer paradójica aunque se ha tratado de explicar como subproducto de la incapacidad técnica de dotar a estas figuras de ese algo que las hace parecer vivas a nuestros humanos ojos y por contra nos recuerdan a cadáveres, personas enfermas o desfiguradas.

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